Tras los cerros bonitos de Valparaíso, se escondía una vida licenciosa e ilegal, eso nos comenta Ernesto Guajardo en su crónica histórica.
En el relato decimonónico sobre Valparaíso, el Cerro Concepción y su vecino, el Alegre, siempre reciben frases elogiosas sobre su alcurnia, dichas con cierta melosa nostalgia. Si el Cerro Alegre se comprende como de los ingleses –el Mount Pleasant–, el Cerro Concepción remite a los alemanes.
En la actualidad, sea subiendo por el ascensor El Peral o iniciando la caminata desde la Plaza Aníbal Pinto, los visitantes llegarán de todas maneras a los paseos Yugoslavo, Dimalow, Gervasoni o Atkinson.
El Paseo Atkinson, quizás uno de los más visitadas o, por lo menos, del cual muchos se hacen un vago recuerdo, cuando contemplan el famosísimo cuadro de Alfredo Helbsy, «La niña del aro». Ese cuadro tan diáfano como angelical, que hace difícil sospechar que el dichoso paseo haya tenido, en algún momento de su historia, una vida licenciosa.
Este paseo fue financiado por el potentado Juan Atkinson, constructor de barcos y uno de los dueños de la compañía de diques «Santiago», según señala Leopoldo Sáez en “Guía histórico-cultural siglos XVI-XXI”. Él indica que Atkinson “edificó una línea de casas pareadas y el jardín era lo que se ha convertido actualmente en el paseo“, el que fue habilitado el año 1886. Carolina Bahamondes, en “Configuración del Paseo Atkinson en el Cerro Concepción. Valparaíso. Datos históricos”, difiere de la fecha, al señalar que “por las inscripciones de dominio se puede colegir que el señor John Atkinson Mac Farlan compró tres porciones de terreno sucesivamente el mismo año 1897, al parecer con la idea de proyectar un conjunto de viviendas“.
Para el visitante, desde cada uno esos paseos, ya sea contemplando la bahía o bien las fachadas de las antiguas casas, es difícil imaginarse que, a inicios del siglo XX, el Cerro Alegre le hacía mucho honor a su nombre.
Gilberto Harris y Eugenia Garrido, en el libro “La gente de mar en Chile y el exterior”, señalan que en dicho cerro, según informaba El Mercurio, el 3 de diciembre de 1901, funcionaba una chingana, “con inevitable cortejo de escándalos y riñas y en donde los criminales acostumbraban a dar golpes de mano a plena vía“, señalan los historiadores.
A pesar de la denuncia pública, la fiesta parece continuar en el vecino Cerro Concepción: Graciela Rubio, en “Testimonios para una memoria social”, encuentra un Informe Confidencial en el Archivo Municipal de Valparaíso, fechado el 16 de mayo de 1816. En él, la Dirección de Sanidad señala que:
“después de 2 días de una labor constante i empleando los medios por la naturaleza de los hechos requeridas, se ha constatado la siguiente afirmación que por su gravedad la dirección de mi cargo hace en el carácter de íntima confidencia. Se tiene la convicción casi completa que las casa nº 86, 90, 94, 59, 61, del pasaje Atkinson, son casas de citas…”
Por cierto, la extrema discreción que se evidencia en el informe es proporcional a la importancia de los involucrados: en otro cerro de Valparaíso, quizás se habría hablado de prostíbulos, pero acá, en un cerro de status, es conveniente hablar de casas de citas. Y también es conveniente ser discreto, muy discreto.
Las dueñas de casa involucradas, señala Rubio, debieron presentar “recomendaciones“. Una de ellas era Blanca Bruce de Benavides, esposa del ex alcalde Arturo Benavides, de quien estaba separada. Benavides había combatido en la Guerra del Pacífico, y sus experiencias las había publicado bajo el título “Seis años de vacaciones”. Militante del Partido Conservador, fue elegido por tres períodos consecutivos como alcalde de Valparaíso.
La casa de la señora Blanca ya tenía antecedentes de desórdenes el año 1915, “por lo cual había tratado de eludir el control de la autoridad pidiendo un certificado de honradez al inspector“, indica Rubio. Todas las involucradas ostentaban certificados emitidos por personas de alta posición económica y social, como el director de La Unión, Aníbal de las Casas. Por cierto, dado el carácter de las casas investigadas, es dable suponer que dichas “recomendaciones” se realizaban con un profundo conocimiento de causa.
Sin embargo, los laureles otorgados no alcanzaban a ocultar el hecho de que en dichas viviendas ocurren
Incidencias enojosas que han degenerado a veces en verdaderos escándalos y riñas teniendo que en varios de ellos intervenir la policía… que entre las tres señoras se profieren epítetos deshonestos respecto a la vida que mutuamente hacen asegurando unas de otras que las casas no son ni honradas ni serias.
En otras palabras, un verdadero pandemónium en el inocente Paseo Atkinson, inocente al menos en la pintura de Helsby.
Quien redacta el informe señala que en una de las casas existen piezas amobladas que “se arrendaban a personas conocidas que las tomaban con el objeto de tener entrevistas secretas“. Incluso, el informe señala:
“Cuando visitaba el interior de la casa nº 61, el inspector pudo comprobar que esta casa se encontraba comunicada con el nº 59 que decía arrendada, el Sr. Acevedo expresó el interés de visitar el interior de esta casa, pero la Sra. le rogó encarecidamente que no lo hiciera porque en esos momentos se encontraban reunidos una conocida y respetable dama porteña con su amigo íntimo, en virtud de lo expresado no insistió el inspector en su visita“.
Pareciera que la condición económica y social de las señoras intimida al inspector o, al menos lo hace relativizar el ceño fiscalizador. Muy probablemente porque su objetivo es la inspección sanitaria, y podrán ser casas de citas, pero de citas con alcurnia. Pareciera que la asepsia va de la mano con ella.
Prosigue el informe, citado por Rubio:
“por lo expresado por las distintas dueñas todas ellas respetadas, de un ambiente de honorabilidad i respetabilidad suma, que la dirección de mi cargo no se atreve a ponerlo en duda dado el lujo y las condiciones de todas ellas, se aseguró que todas ellas eran casas de citas, donde acudían Sras. respetables a celebrar entrevistas secretas con amigos íntimos, todos estos caballeros altamente colocados en la sociedad y el comercio, se cita el caso de que congresales de Santiago venían semanalmente con Sras. de la capital; a la Sra. de un respetable doctor porteño y muchas más cuyos nombres se dieron pero el infraescrito no los puede hacer constar en este informe, porque estos hechos tan graves y delicados no se podrían comprobar“.
Leer este párrafo e imaginarse el rostro del pobre inspector, en una de las casas del Paseo Atkinson, a medida que le van recitando los nombres de los asiduos clientes de las casas, es una sola una cosa. No deja de ser un tanto tragicómico que, considerando la condición social de quienes se encontraban en esos cuartos para satisfacer sus instintos, pueden haber sido los mismos que preconizaban la regeneración del pueblo y la estricta valórica religiosa, pero eso ya es otro asunto.
Finalmente, el inspector no puede sino hacerse la más firme impresión de que lo que ha visitado son, en propiedad, casas de citas, aun cuando “reúnen todas las condiciones de disimulo, se rodean de tal aparato, que la moral pública no es lesionada en lo más mínimo, pues, como ya se ha expresado todas estas casas son aparentemente respetables i honorables i si no fuera por las incidencias últimamente ocurridas, nada absolutamente nada haría sospechar su existencia“.
En otras palabras, las apariencias de las casas, así como de sus dueñas, permiten que el negocio subsista; en ese disimulo, la moral pública no es lesionada. Qué es lo ocurre puertas adentro sería una preocupación de la moral privada, y eso no es responsabilidad de este funcionario público. La solución, entonces, hubiese sido que las señoras mantengan su negocio de manera discreta, sin los escándalos que fueron por todos conocidos. Sin embargo, pareciera que eso no fue posible y las señoras debieron mudarse con sus negocios a otros lugares de Valparaíso. En efecto, Sáez señala que, hacia la década de los años cuarenta, residen en el Paseo Atkinson conocidos profesionales e incluso un pastor. Todo un cambio para aquella vida alegre del Cerro Concepción.
//Imagen portada: Alfredo Helsby

