Violeta incómoda

// Ilustración: alvarex

“Yo canto a la diferencia que hay de lo cierto a lo falso
De lo contrario no canto”

Verso de “Yo canto a la diferencia”. Letra y música: Violeta Parra.
Los subtítulos de este artículo también pertenecen a esta canción

El libro data de 1976. Se llama “Gracias a la vida. Violeta Parra. Testimonio”. Es una investigación firmada por los académicos chilenos Bernardo Subercaseaux y Jaime Londoño. Fue publicado en Buenos Aires, por Editorial Galerna, mientras la censura y la represión campeaban en Chile, bajo la dictadura.

Como consignan sus autores, durante el gobierno de Salvador Allende, a inicios de los años 70 y encontrándose en “un clima de rescate de la cultura y la tradición popular chilena”, se abocaron a la tarea de recorporizar a Violeta Parra mediante las narraciones orales de quienes la habían conocido. Entre dichas fuentes estaban sus hijos, Ángel, Isabel y Carmen Luisa; su madre, Clara Sandoval; sus hermanos, Hilda, Nicanor, Lalo y Roberto; sus parejas, Luis Cereceda y Luis Arce; y algunos amigos y compañeros de vida, como la folclorista Margot Loyola, el fotógrafo Sergio Larraín y el músico uruguayo Alberto Zapicán, a quien Violeta llamó cariñosamente el Albertío, y quien fue uno de sus cercanos en los meses previos a su suicidio.

Pero “Gracias la vida…” es, además, el relato coral de una mujer de origen campesino, marcada por los hitos y procesos sociales del siglo XX chileno. Por ejemplo, Violeta Parra, muy niña, como testigo de la explotación del latifundio, mientras trabajaba como artista de circos pobrísimos, junto a sus hermanos, deambulando de pueblo en pueblo…

“(…) El patrón, si uno se portaba mal o hacía algo que a él no le gustaba, sacaba el rebenque, le daba unos azotes, lo trillaba con el caballo, y cuando no, le animaba los perros. Y al que no le gustaba: ‘Ya está: te echo los animales de la chacra o te mandas a cambiar para otro fundo. Listo”.

(Testimonio de abuelo campesino de un asentamiento de Ñuble)

“(…) La Viole vio todo eso, desde chica”.

(Lalo Parra)

En las páginas del libro, también puede leerse el anhelo de promoción social para la familia Parra, representado en el hermano mayor, Nicanor, quien viajaría a Santiago a fines de los años 30, primero a terminar la secundaria y luego a estudiar para profesor en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Nicanor sería clave en el traslado de Violeta (y de toda su familia) desde el sur a la capital, tiempo después.

Sin embargo, hay algo que siempre desequilibra. Que mantiene a Violeta Parra como una pregunta abierta. Por ejemplo, en su afirmación como mujer autónoma en el trabajo creativo y el ocio, asuntos que estaban alejados del rutinario de la clase obrera chilena de aquella época. La separación de su primer esposo, Luis Cereceda, trabajador ferroviario, es paradigmática en ese sentido. Violeta Parra quiere seguir cantando, junto a su hermana Hilda, por restoranes y quintas del Santiago popular. Para ella, su arte no tiene porqué quedar sometido a una vida conyugal. Es mediados de los años 40.

“Cuando discutíamos ella siempre decía que lo que yo quería era una empleada pero no una compañera. Pero yo no podía soportar más. Hasta que un día le dije: Bueno, sigue con tu arte, yo me voy, al otro día, tomé mis cosas y partí”.

(Luis Cereceda)

“Los ángeles de la guarda vinieron de otro planeta”

Violeta Parra marcha paralela a su época pero rompe normas. Es una chilena de su tiempo pero desencajada. Que se resiste al encasillamiento, formal y simbólico. Ahí radica su excepcionalidad y su misterio. Otro ejemplo: Ya residiendo en Santiago, jamás se mostraría interesada por la docencia, la profesión de Nicanor: rechaza esa seguridad. Más bien, sus desvelos a inicios de los años 50 serán la recopilación folclórica. Así, recorrerá campos y callejuelas para obtener la información de los cantores y cultores naturales, algunos ya avejentados, olvidadizos de su acervo, o adormecidos por el alcohol. Entre ellos, quizás la más importante fue Rosa Lorca, una viejita avecindada en Barrancas (hoy Puhahuel, zona oeste de Santiago), a quien Violeta Parra incluso llega a grabar, en un principio, sin autorización.

Gastón Soublette, investigador folclórico chileno, quien conoció a la artista en esta época y cuyo testimonio también puede leerse en el libro, señala: “(el registro del folclor) nunca se había hecho por una persona del pueblo, que lo difundiera a gran escala. Eso hizo Violeta… Tomó lo que antes había sido objeto de investigación más o menos privada y lo devolvió a la gente”.

Resulta extraño que el libro “Gracias a la vida…” nunca haya sido reeditado en Chile. La pregunta se agiganta y busca responsables sobre todo cuando se aquilata el valor intrínseco del material. En sus páginas, de las decenas de testimonios, surge una Violeta Parra compleja, contradictoria, poseedora de una sensibilidad y capacidad de trabajo encomiable pero acometida, igualmente, por cierta actitud dominante y autoreferente. Quizás a causa de su origen campesino, y esas visiones de opresión al campesinado que le tocó presenciar (y vivir), se mostraba fría y belicosa con aquellos que la secundan y que pertenecen a sectores más acomodados. Es el ya nombrado Gastón Soublette, por ejemplo, quien comenta: “no podía aceptar así no más, que alguien que se dedicara al folclore lo asimilara en forma diferente y no hiciera parte de su vida, de la persona misma, en la forma particular que esto se daba en ella”.

“La bandera es un calmante”

Pero hay más. Lo desestabilizador de Violeta Parra tiene que ver no sólo con su complejidad como persona sino en lo radical de muchos de sus actos. Ahí están un puñado de canciones como “Yo canto a la diferencia”, “Maldigo del alto cielo”, “Qué dirá el santo padre” o “Miren cómo sonríen”, y en sus personales lecturas políticas a su propia obra. Su progresivo convencimiento de que su obra es del pueblo, y debe fundirse con él. Ese pueblo es un núcleo donde reside lo puro, lo auténtico del ser nacional.

Es esta carga simbólica de la artista la que pone en jaque a las versiones de su figura que se han levantado desde el poder, aunque este provenga de la fundación que lleva su nombre, dirigida por su hija, Isabel.

La pregunta es aquí sobre el modo en que una fundación (y un gobierno socialdemócrata como el de la concertación chilena, de reciente reflujo) intenta limar esos elementos desestabilizadores de la figura de Violeta Parra, para reconstruir una versión desproblematizada. Esa interrogante cabría hacerla cuando la Fundación Violeta Parra, cuya misión, -se supone- es guardar, fomentar y promover el legado creativo de la artista, establece alianza con sectores que se distancian de la carga simbólica de su mentora. En 2005, la fundación se entendió con el empresario chileno Carlos Cardoen para la creación de un museo que albergara las arpilleras, esculturas y obra gráfica de Violeta Parra. El dilema es que el nombre de Cardoen está asociado al contrabando de armas en los años 80. La operación fracasó, en dicha oportunidad, porque no quedó claro el origen de los dineros que aportaría el empresario, como lo planteaba una investigación de la periodista chilena Marisol García.

Cuando finalmente, en 2008, esa obra visual fue exhibida en el Centro Cultural Palacio de la Moneda, de Santiago, la fundación se asoció y recibió financiamiento de Minera Escondida, propiedad de BHP Billiton, de capitales canadienses, una de las empresas mineras más grandes del mundo, y un ejemplo de ese tipo de minería que se instala en países como los nuestros y que, tras un par de décadas de funcionamiento, extrayendo no sólo el mineral “oficial” del yacimiento sino todo cuanto posee la tierra -y devorando millones de litros de agua-, al marcharse deja un páramo que luce como sus promesas de progreso… Las comunidades aymara, al interior de la desértica provincia chilena de Tarapacá lo pueden sostener: Desde los años 80, BHP Billiton ha ido expoliando sus recursos hídricos.

Pareciera que Violeta Parra sigue siendo inabarcable y todo esfuerzo por domesticar su figura acabará cortándole las piernas. Homenajeándola se hace una carnicería. Los personajes muertos pueden ser (re)construidos una y otra vez, y ser versionados (…callados, editados, descomplejizados) al modo que convenga al resurrector de turno.

Sin embargo, algo late y se resiste a la fosilización. Ese misterio y ese talante desencajado. Debe ser porque, como señala el fotógrafo Sergio Larraín, otro de los testimoniadores del libro, -y con quien Violeta Parra, tuvo una relación muy singular- “en su voz cantaban muchas voces”.

Publicado originalmente en revista Sudestada #92, septiembre 2010)

2 commentarios
  1. 601 días ago
    No+Lucro (@Mariadnne_)

    Y los negros de Violeta siguen siendo negros mas que nunca.. o los pobres como ella los llamaba cariñosamente, seguirán vistiendo de negro ,porque para ellos aún no llega el arco iris con su olleta de oro para desarraigar esa pobreza de la cual fue testigo y divulgó en cada una de sus canciones a favor del obrero, campesino, proletario dejando asi su huella de desencanto y pobreza moral de los que tienen mas en desmedro de quienes poseen solo esa riqueza espiritual que se conoce en limite..

  2. 374 días ago
    Román Gómez

    “La pregunta es aquí sobre el modo en que una fundación (y un gobierno socialdemócrata como el de la concertación chilena, de reciente reflujo) intenta limar esos elementos desestabilizadores de la figura de Violeta Parra, para reconstruir una versión desproblematizada. Esa interrogante cabría hacerla cuando la Fundación Violeta Parra, cuya misión, -se supone- es guardar, fomentar y promover el legado creativo de la artista, establece alianza con sectores que se distancian de la carga simbólica de su mentora. En 2005, la fundación se entendió con el empresario chileno Carlos Cardoen para la creación de un museo que albergara las arpilleras, esculturas y obra gráfica de Violeta Parra. El dilema es que el nombre de Cardoen está asociado al contrabando de armas en los años 80. La operación fracasó, en dicha oportunidad, porque no quedó claro el origen de los dineros que aportaría el empresario, como lo planteaba una investigación de la periodista chilena Marisol García”.
    Me parece que tu comentario está muy fuera de lugar. Recuerda que Violeta, hoy no está y, su forma de vivir y sus enseñanzas nada tienen que ver con fundaciones, que a la postre, son de derecha. Por lo mismo que no está, no se merece ese tipo de comentarios que en un santiamén ya te hubiera callado la boca o más bien tu sucia pluma. Creo que debes escribir sobre quienes están al frente de tal fundación no sobre una mujer de vanguardia. Idiota.