Carabineros me cargó con bombas molotov

Sebastián Piñera ha anunciado el proyecto de ley con el que busca endurecer las penas a los “desordenes públicos”. Acá un ejemplo de cómo usted -sin tomar ni siquiera una piedra- podría pasar fácilmente de la calle al encierro.

// Por: Gabriel Muñoz.

Corría el año 2004, se avecinaba una nueva jornada de movilizaciones en Valparaíso, durante la cuenta pública del ladrón de cuello y corbata, Ricardo Lagos Escobar. Como siempre, razones de sobra existían para salir a la calle a protestar. Organizado junto a varios compañerxs,  pretendíamos denunciar el accionar represivo mediante diversas acciones… Sabíamos que los chanchos adelantan ciertas de nuestras jugadas pero nunca intuimos que sus esfuerzos me harían pasar un mal rato…

Apelando a los equipos que como estudiantes teníamos a nuestra disposición y utilizando las herramientas que el mismo sistema nos provee para un “libre ejercicio” de la profesión, disponíamos de cámaras para registrar el acontecer de una nueva marcha y los respectivos permisos. Sin embargo, fue poco y nada lo que se pudo hacer. A poco avanzar las 9 de la mañana, me vi rodeado por un contingente de Fuerzas Especiales en la Plaza del Pueblo, del que me dispuse a huir. Con un suelo ya mojado por el guanaco, el correr se hizo dificultoso y otro piquete, esta vez de pacos “normales”, me persiguió hasta detenerme, alzarme al aire entre seis y colocarme dentro de un radiopatrulla al cabo de pocos minutos.

Mi primera detención implicaría un dolor de cabeza aparte: Los gentiles funcionarios se habían aprovechado de mi morral para colocar en él dos bombas molotov, dos latas de spray, unas piedras y una botella con bencina blanca. Obviamente, sin avisarme.

El terrorista

Llegando a la 2ª Comisaría de Avenida Colón me di cuenta que el trato era distinto. Fui separado del resto de los hasta ese momento detenidos, tenía un calabozo sólo para mí. La “exclusividad”  me aguardaba otra sorpresa: Por mi calidad de terrorista debía ser trasladado a un recinto militar, tal y como en épocas pretéritas.

Así las cosas, fui llevado al regimiento Maipo, ubicado en Playa Ancha. Ahí, en un cuartucho oscuro y maloliente, vi cómo transcurría el tiempo, a la espera de quizás qué. Con el pasar de las horas, fui notificado de mi supuesto delito: Porte de material incendiario y maltrato de obra a Carabineros. Mi caso, por lo tanto, lo vería la Justicia Militar y como era viernes, debí estar hasta el día lunes encerrado.

Las muestras de solidaridad poco a poco se hicieron sentir. Al rato, llegaron las primeras comidas y abrigo necesarios para capear el frío y la lluvia que habían hecho estragos en mí. Afortunadamente, se consiguió que me volvieran a encerrar en un calabozo de Carabineros y por lo tanto fui devuelto a la 2ª Comisaría. Allí pasé la noche junto a otros tres compañeros, uno de ellos el actual gorila-guardaespaldas de Camila Ollejo, Boris Martínez.

Llegado el día lunes, fui subido al carnicero para ser trasladado al Juzgado ubicado en calle Yungay con San Ignacio, hoy un Tribunal de Familia. Una vez fuera del calabozo del lugar, donde compartí con asesinos, lanzas y vendedores ambulantes, me fue colocado el clásico chaleco amarillo de imputado junto a las esposas en manos y pies: Estaba listo para ser presentado ante los medios como el peligroso delincuente, el inútil subversivo atrapado días atrás.

La audiencia fue corta: Se presentaron los cargos en mi contra, mi defensa evidenció el  procedimiento utilizado para “cargarme” con el material subversivo. Mi intachable conducta anterior ayudó a sólo tener que quedar con firma mensual, arraigo nacional, prohibición de ser detenido en los próximos meses…y todo por ¡pretender grabar el accionar policial!