Un capítulo del libro sobre el Encuentro de Teatro Porteño Independiente

Hace algunas semanas, y en el contexto de un nuevo Encuentro de Teatro Porteño Independiente, salió “De Boca en Boca”, el libro que recopila diversas experiencias y ensayos sobre la actividad y la vida del teatro en nuestra región.

La edición del libro estuvo a cargo de Carla Lizama y Felipe Montalva. Te dejamos con uno de sus textos, a cargo de la directora de la compañía Teatro Público de Santiago, Patricia Artés.

ETPI: Emergencia política teatral

Por Patricia Artés

He tenido la ventura de ser invitada, junto a mis compañeros de Teatro Público, a dos versiones del Encuentro de Teatro Porteño Independiente: El 2008 “Vámonos a la punta del cerro”, con la obra “Desdicha Obrera, una tijera clavada en el corazón”; y el 2011, “Todos tenemos algo que decir”, con la obra “Celebración”. En ambas oportunidades, he palpado la importancia política-artística que implica el Encuentro, al plantearse este no como uno que aglutine “nuevas tendencias teatrales” si no, más bien, como una instancia que procura convocar a un diálogo entre arte y vida social de manera efectiva, irrumpiendo en el espacio y tiempo cotidiano propio de los públicos, descentralizando de manera concreta la actividad teatral.

Recuerdo nuestra primera participación en el ETPI con “Desdicha Obrera, una tijera clavada en el corazón”, original de Luis Emilio Recabarren. Estuvimos en el Teatro Mauri y fue importante, puesto que se generó una conversación espontánea luego de la función pero, particularmente significativa, fue la experiencia de mostrar el trabajo en la “punta del cerro”: Rodelillo. En la punta del cerro, la obra se puso en crisis formalmente, transparentando su potencia estética-política. Ese día, a las 17 horas, bajo el sol, con un viento que volaba las sillas de plástico que reemplazaban nuestra escenografía, se interrumpió el tiempo cotidiano de los que nos dimos cita en ese espacio, y por más de una hora, reflexionamos a través de la acción y no del texto respecto al la relación Opresor/Oprimido, y a la necesidad de cambiar esta dualidad perversa.

Esta es una, entre muchas, de las experiencias que suceden en el Encuentro y, a mi juicio, es una característica importante, puesto que genera un vínculo real entre la actividad artística teatral con el mundo social, conduciendo la escena, en tanto práctica sensible, a la fisura del imaginario dominante, procurando -dentro de sus posibilidades- la construcción de una nueva subjetividad.

Otro rasgo significativo, es la directiva política que cada Encuentro traza, a modo de subtítulo, en cada una de sus versiones. En sus enunciados nos invitan sin subtextos a una comunión determinada; marca en cierto modo, un objetivo u horizonte hacia donde se conduce la reflexión y discusión; o, simplemente, de modo implícito, sitúa a las compañías y artistas convocados en una opinión política respecto a la contingencia. Ejemplificador resulta, según lo dicho, el enunciado de la 7ma. versión del ETPI 2010: “Doscientos años, nada que celebrar”.

Esto manifiesta una opinión política clara respecto a la celebración del Bicentenario de la independencia de Chile, relativizando el concepto de “Independencia”, poniendo en crisis su valor Real y estableciendo de manera tácita que la “Independencia”, al parecer llegó para unos pocos y, para otros, la gran mayoría, significó pasar de estar bajo el yugo de los españoles a la aristocracia y burguesía criolla. El ETPI entonces, transparenta su descontento sobre la construcción de nuestra república y enmarca sus actividades y a las compañías invitadas en un enunciado político, opinando sobre el acontecer político social de Chile desde la trinchera del encuentro de propuestas que emergen desde la producción simbólica.

El ETPI convoca a trabajos teatrales que no responden a la hegemonía teatral, digo, a la legitimación institucional de los bienes culturales. Este es un aspecto relevante como política del Encuentro, puesto que provoca una escisión en el imaginario hegemónico en tanto quehacer teatral y propone una “otra” construcción cultural que apele a una nueva subjetividad, vinculada a la actividad teatral como práctica política social.

Espero y confío que estas directivas del ETPI se prolonguen en el tiempo.

El ETPI, es un espacio político teatral, que merece ser cuidado con todo el cariño rebelde que se pueda, por ser este una instancia urgente y necesaria que se levanta a pesar de las adversidades, como una fisura a la subjetividad dominante en la perspectiva de la construcción de “otro” imaginario, que imagine y cree un mundo justo y libre para todos.