Libros: Cine en Valparaíso, ¿forma o contenido?

A pesar de la cantidad de veces que la geografía de la ciudad puerto ha sido ocupada de escenografía, la cantidad de libros que se han escrito al respecto es mínima. Solo conocemos Apuntes del cine porteño, de Poldy Valenzuela, publicado el año 2003. Ahora esa soledad bibliográfica viene a ser acompañada por Valparaíso, más allá de la postal. 50 años de cine chileno, 1960-2010, de Claudio Abarca Lobos (Valparaíso, Ediciones Universitarias de Valparaíso, 2011, 192 páginas).

Este libro no analiza la historia del cine en Valparaíso en el último medio siglo, en términos de industria en sí, sino que se centra en la interpretación de las películas de ficción y los documentales más emblemáticos, realizados en dicho período. El recorrido parte, entonces, desde la película “Morir un poco” (1968), hasta “El brindis” (2007) e incluye dos documentales que le permiten al autor establecer puntos de comparación: “A Valparaíso” (1962), de Joris Ivens y “Valparaíso” (1999), de Marcela Said.

Además de un prólogo de Antonio Martínez, la obra incluye entrevistas a nueve realizadores, como Silvio Caiozzi, Luis Vera Vargas o Gonzalo Justiniano. Se anexan también las fichas técnicas de cada una de las películas y documentales analizados.

La primera frase inicial que abre el capítulo “La ciudad imaginada” no debe ser olvidada mientras se lee el resto del libro: “¿En qué se piensa cuando se piensa en Valparaíso?”. Abarca se sostiene en Néstor Canclini, Mario Sobarzo y Pablo Aravena, entre otros, para diseñar un marco teórico que le permita desplegar las coordenadas de sentido a partir de las cuales nos ofrecerá una interpretación, si se quiere, categorial de las películas y documentales realizados en Valparaíso.

La tarea es compleja, porque en la ciudad puerto dichas coordenadas suelen intersectarse, y entonces no es posible pretender que una película corresponda exclusivamente a un contenido en particular, considerando todo el amplio espectro de narrativas que se pueden elaborar sobre Valparaíso. Así, las categorías propuestas no pueden ser excluyentes y más de una vez veremos que retornamos sobre una determinada película, desde un nuevo ángulo. ¿Existe el riesgo de cierta redundancia?, por cierto, pero –como lo demuestra el autor– también se han reiterado los propios cineastas. Solo a modo de ejemplo, el subtítulo “El espacio vulnerable”, que se incluye en el segundo capítulo, perfectamente podría leerse en el capítulo cuarto. Estas mismas reiteraciones se advierten con las películas que se utilizan para fundamentar un tópico u otro, aun cuando ello tiene cierta lógica: es evidente que no todas las filmaciones realizadas en Valparaíso hablarán de su pobreza socioeconómica.

Una de las coordenadas es la comprensión de Valparaíso a partir de los barrios, de su condición de laberinto y postal, lo cual le permite a Abarca realizar una consistente crítica a ciertas películas, como “El brindis” o “Valparaíso, de Mariano Andrade, que privilegian los aspectos turísticos en la representación visual de la ciudad.

La condición natural del puerto, la partida y el regreso permanente, también le es útil al autor para reconocer otro tópico recurrente. Por cierto, tiene el cuidado de centrar la mirada en el exiliado, y no solo en la clásica figura del marinero.

Existe un capítulo en el libro que llama la atención, en particular porque es uno de los que mejor expresa la voluntad del autor de ir “más allá de la postal”. Es aquel en donde se analiza la manera en que el cine chileno ha presentado la figura de los marginados y marginales o, como lo dice Abarca, sin remilgo alguno, “la contradicción y la lucha de clases”. Pobreza, delincuencia, corrupción lucha política y social, son vistos a partir de las imágenes proyectadas en la pantalla.

Una vez visitada parte de la geografía humana de Valparaíso, el autor revisa la textura de la ciudad, o la comprensión de esta como escenografía, indicando la presencia de un pasado que habita en el presente; una “modernidad ausente” y una “decadencia amable” (este último concepto es de Joaquín Edwards Bello, citado por Allan Browne). Si bien no se distingue con claridad en el texto entre modernidad y modernización, pareciera que Abarca tiende a centrarse más en la recepción cotidiana del proceso en el habitante porteño y ello, casi de manera inevitable, permea su propia mirada con una lectura de la ciudad riesgosamente inclinada al ubi sunt, algo que –precisamente– es todo un lugar común en los discursos que suelen leerse o escucharse sobre Valparaíso: todo tiempo pasado fue mejor.

Donde la profundidad de la mirada se debilita un poco es el último capítulo, referido al tópico de espectros, ánimas, leyendas de Valparaíso. De hecho, es el acápite más breve del libro. Aquí, incluso, algunas citas con las cuales el autor busca respaldar su enfoque nos parecen discutibles. En el análisis propuesto a veces pareciera buscarse la condición de lo fantasmagórico en lo que, en realidad, es onírico. Además, la frase final con la cual finaliza este capítulo pone en entredicho los esfuerzos de algunos cineastas analizados anteriormente: “Valparaíso, una ciudad inventada antes que real”.

Valparaíso, más allá de la postal es un libro que aporta varios elementos, más allá –es obvio– de la investigación en sí misma; tanto en sus conclusiones como en algunas entrevistas existen interesantes pistas que podrían ser indagadas. Al mismo tiempo, es reconfortante que en varias partes del texto el autor demuestre que no está preocupado de lo políticamente correcto, ni dentro ni fuera del campo cultural. Las críticas son vehementes y van dirigidas tanto a lógicas y dinámicas culturales, económicas y políticas que se despliegan en Valparaíso, como a quienes las representan o implementan, sean creadores audiovisuales o dirigentes políticos locales.

La edición es bien cuidada, salvo algunas viudas y huérfanas ocasionales o el uso de negritas en el texto. La calidad del papel y la reproducción de las fotografías a todo color permitirán que la obra sea consultada de manera permanente, y pareciera que ese será su destino, considerando que el tiraje es solo de quinientos ejemplares.

Por último, este libro suscita una muy sana inquietud: las ganas de ver las películas que no se conocen y volver a mirar aquellas ya vistas. Si el ejercicio se realiza, el autor puede estar satisfecho: nos ha instado a conocernos y reconocernos en las imágenes en movimiento.


Claudio Abarca Lobos
Valparaíso, más allá de la postal. 50 años de cine chileno, 1960-2010
Valparaíso
Ediciones Universitarias de Valparaíso, 192 páginas.