Atravesando Viña por la noche
Si alguna vez se hiciera una película sobre la tristeza, la desesperación ahogada en el silencio y la falta de sentido y toda una serie de sentimientos horribles, probablemente elegiría partir con una escena arriba de una micro, de esas verde y blanco, que cruzan Viña del Mar de noche.
Son esos vidrios rayados/gastados por los adolescentes que quieren llamar la atención. Son los asientos garabateados colorinchemente por los mismos del ejemplo anterior. Es el respaldo que baila con la marcha. Es el asiento que ya se soltó y yace en el fondo. Es el chofer, un hombre adulto o ya viejo de frentón, jubilado sin jubilación, tenso el rictus, muchas veces furioso, que escucha radio Corazón o la Romántica, donde Arjona o Sin Bandera funcionan como ironía. O son los choferes jóvenes que viajan con las novias, los pinches o las amantes y los guardaespaldas de la pobla, forrados en adidas o reebok de persa, escuchando reggeatón a todo volumen, con las luces bajas y alguna estroboscópica sobre el espejo retrovisor que le devuelve el rostro como en un video de Daddy Yankee. Es el olor a mal aliento, a bencina o aceite, a perfume rancio. Es el sucio fluorescente del interior de la cabina, repartido a migajas en un tubo, entre las ventanas y el cielo raso, que semejan un tablero de ajedrez, unas blancas y otras negras, que no funcionan. Son las latas sueltas. Son las cortinas grises.
Grises como los rostros de los pasajeros. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, apretados en la cabina. Algunos, adormecidos, abatidos al final del trabajo. Algunos hablan por celular y prometen o se excusan. Otro sondea su smartphone que paga a crédito. Otro, que viaja sentado, hace galopar la cabeza sobre el vidrio. Espasmo: Paradero: Suben algunos estudiantes proletarios de instituto o universidad comercial hablando de una fiesta: Chicos con ropa hecha en China, comprada a crédito en una multitienda/estudian comercio exterior o técnico o auxiliar en algo. Algunos sostienen una mochila y un atado de fotocopias.
La micro atraviesa la llamada ciudad que encanta rumbo a los cerros. No es raro que una máquina entable una carrera con otra, en Viana-Alvares o 5 oriente, y que los pasajeros salten de sus asientos como en un Tagadá ambulante. Si hasta es la misma música. Pero nadie se queja. A lo más, algunos mascullan cansinamente para su interior que menos mal falta poco para llegar a casa. Que por último allá habrá un plato de comida y la televisión encendida en algún reality y mañana será otro día. Menos mal que falta poco para el fin de semana. Que en el mes que viene hay un fin de semana largo.
Tristeza, tristeza.
Hombres y mujeres con el aspecto de espectros.
que tristeza tan cotidiana…huelo lo rancio de ese perfume, tristeza, tristeza, tristeza, en algunas ciudades más que en otras…