Jazminero me voy (apuntes tras la ida de Eduardo Guzmán)

Fue en algún momento de la década que siguió al 2000.

Yo estaba buscando letras, y me decepcionaba la escasez de ellas en el pequeño cortijo del rock nacional de ese tiempo. Un amigo de la mujer con la que vivía llegó con un disco de Quelentaro. Yo los conocía de añares pero, hasta ese momento, no me habían atraído. Creo que la primera vez que los escuché fue en Talcahuano, una noche, allá por principios de los 90. Llovía. Hacía frío y había oscuridad, en la pequeña pieza de madera y en los rostros de las personas que escuchaban en la casetera un concierto de Quelentaro de fecha ignota. Había pobreza también en ese lugar. Sin entender mucho y -como decía- sin sentirme atraído aún por la música de los hermanos Guzmán, me pareció que esas condiciones eran las coordenadas de las coplas de Quelentaro.

Regreso a la década que siguió al 2000.

El disco fue “Leña Gruesa” y llegó para mi cumpleaños. Así como el primero del dúo, “Coplas campesinas”. Lo siguiente fue escuchar las canciones como una tarea. La música de Quelentaro nunca es una decoración. O la escuchas o la escuchas. La guitarra lenta, casi cansina de Eduardo Guzmán haciendo notas como si fueran tejidas; telón oscuro, mínimo y máximo para la voz de Gastón, áspera, probablemente teatral pero lacerante en su emoción. Verdadera en su intensidad. Atahualpa Yupanqui los habría considerado hijos suyos.

Las coplas, el canto disconforme. Es imposible no sentir tristeza (hasta hambre, decía un conocido) con “Los cesantes”, rabia con “Maldito Temuco” o “Rodrigo Rojas”, emoción de pérdida con “Jazminero”, ganas de generar violencia con “Lonconao”…

Quelentaro

En esa época fuimos a verlos al Teatro Municipal de Valparaíso, en un concierto donde Eduardo no estaba a la guitarra sino un reemplazante de gafas. El público pedía canciones como en un remate. La primera parte del concierto fue sobre un trabajo que estaba inédito, como lo tituló Gastón Guzmán, coplas libertarias para la historia de Chile. Como era un recién llegado, un neófito, me fui enterando que muchas de las creaciones del dúo estaban así. Sin publicar, por los líos con EMI, quien además nunca reeditó algunos de los trabajos, como lo señalaba Rodrigo Olavarría en la entrevista sobre su blog DICAP y Más, del verano pasado.

En un momento del concierto, el espigado Gastón se levantó de su silla y comenzó a cantar de pie la cueca sobre Sola Sierra. Oscuro, flaco como un crucifijo, arrugado como un tronco de ñire, los brazos al cielo, haciendo una masculina cueca, solitaria, zapateando lentamente sobre el tablado de un Municipal que escuchaba en silencio espectral. En un momento, levantó los brazos, las 2 manos empuñadas, cerró los ojos, se dejó llevar por su electricidad. Gritó, como si un rayo lo atravesara y lo volviera incandescente ¡Y yo que venía del rock, sobretodo del inglés…! ¡Este viejo era más choro en escena que Nick Cave!

La noche terminó en el bar Aduana, con el sempiterno Lucho, que se manejaba en los repertorios de la Nueva Canción Chilena, y que al escuchar que Quelentaro había estado en el Municipal, le comentó en voz alta a los adolescentes pelilargos y de cuero negro, apoyados en la barra: “Esos viejos son más fuertes y oscuros que cualquier banda de metal. Son nuestros demonios”.

Es verdad. Palabra de quien los sabe leer, escuchar y sentir como propios. Son nuestros demonios porque hablan de fracturas. De patas con barro, panzas vacías e injusticia sempiterna en esta tierra. Sin ser militantes de un partido de izquierda definido, el canto de Quelentaro es terrible porque reconoce la cicatriz. A mediados de la década pasada, leí en una Punto Final que Gastón Guzmán decía que esa no-militancia probablemente localizaba a Quelentaro en el terreno del anarquismo. Quizás hablaba sin rigor político, pasionalmente. Quizás no.

Eduardo Guzmán

Pasaron los años, me fui de Valparaíso, estuve en varios lados y los discos de Quelentaro quedaron en un sitio. El silencio los fue cobijando por un rato. Ese mismo silencio aparente que parecía rodear al dúo. Inmensos pero anónimos. Gigantescos pero sin presencia medial ni masiva. Ni siquiera tributados cuando la moda de los álbumes tributo. Pero quien escucha Quelentaro, sabe que esas coplas también tienen al silencio como cómplice. Casi. Ese mismo silencio sobre el dúo que ayer quedó sacudido, para mí, por la noticia de la muerte de Eduardo Guzmán, el guitarrista.

Y uno queda medio al garete. No sabiendo si triste por la pérdida total o feliz de haber descubierto, aunque sea tarde y mínimamente, este tipo de maravillas.

6 commentarios
  1. 387 días ago
    ALYSYA

    recuerdo que era veinteañera cuando escuche por primera vez a Quelentaro ,quedando en mis recuerdos QUE PASO CON EL SOL? entre otras, ahora con mas de medio siglo aun es noticias ,pero solo para anunciar la muerte de uno de ellos.tal vez dirá que paso con el sol ?.lo cubrió la oscuridad …..

  2. 386 días ago
    Ernesto Guajardo

    ¡Buenísimo! Un texto encarnado, notable.

  3. 386 días ago
    mauricio

    Gracias por el relato. Nací en angol, y crecí escuchando sus coplas. La única vez que los ví en un recital, fue con mi madre; campesina ella, que sabía del hambre (del pan amargo). Quelentaro me conecta con mi infancia, con la historia de mis antepasados, sobre todo me conecta con las vivencias más límites del sufimiento humano… y me permite darme cuenta de estar vivo…

  4. 377 días ago
    Alfredo Pérez Reveco

    Mejor que el Rock, el Country, mas pesado que el Havy Metal, esa es la tematica poetica y metafórica de Quelentaro, pero lo mas importante de raiz Chilena, nos pasamos la vida escuchando musica en un idioma que ni siquera entendemos sin embargo los hermanos Guzman nos han dejado este valiosisimo legado Historico, Ancestral, Etnico, Humano y apasionadamente comprometido.
    Gracias Eduardo por tu valioso aporte a tu tierra que tanto amastes.

  5. 361 días ago
    Jacqueline

    Escucho “Jazminero me voy”…
    triste por la partida de Don Eduardo, feliz por haberlos conocido !!

  6. 360 días ago
    Mateo Castro

    Se nos fue un auténtico COMUNISTA. Un Compañero que no necesitó militancia formal sino, más bien, predicaba con sus versos, con el canto y con el ejemplo. Más aún, en esu partida: ni Misas, ni ceremonias religiosas, ni Homenajes oportunistas… Todo privado y con emblemáticos arbolitos como símbolos. Es tema aparte, pero los falsos comunistas que mal-llevan dicho calificativo (como el “PC” Burócrata que va de la mano con la Concertación), no tenían cabida para un artista de auténtica conciencia progresista. Es más, durante el Gobierno de la UP se negó a convertirse en funcionario, previendo ya el reformismo a que conduciría la Izquierda que confiaba en la legalidad burguesa.
    Hasta siempre, Compañero Eduardo Guzmán. Tú partes, te vas, pero Quelentaro permanece.

    Este comentario ya lo había enviado, pero lo resalto como una manera de reivindicar el verdadero progresismo y, más lejos, el comunismo. Esto significa un modo de vida, de transmisión, la doctrina, la intransigencia, impulso para el aniquilamiento de las estructuras vigentes y el traspaso hacia el HOMBRE NUEVO.