La joya del pacífico (Valparaíso de mi desamor)

Es curioso que la velatón realizada el pasado viernes 11, alrededor de la pileta de Neptuno, por el desalojo indirecto de la librería IVENS desde un gobierno que no se hace cargo de los espacios públicos, haya sido para resguardar su condición de patrimonio tanto material como inmaterial. Porque de esta forma se acepta nuestra condición de patrimonio de la humanidad, y porque se apela sólo a esa condición para hacer un tipo de manifestación sin lograr colocar en la palestra el tema de las posible bajas en las ventas del local. Imaginemos esto, puesto que habría que evaluar el número de lectores, y a la vez comprobar si los turistas que van a la librería dejarán de rondarla (el turista visita turismo, visita el patrimonio, visita lo exótico, visita lo que recuerde su lugar; claro que nos referimos a la acepción de turista en toda su envergadura, esto es tomando en consideración factores epistemológicos).

Es indignante sentirse parte de un Valparaíso que a estas alturas es sólo del mercado; esa ciudad como tal –hablando del Valparaíso Patrimonial, obviamente- ya no existe. Ciudad: un lugar basado en ciudadanos –población habitante de la ciudad– que se beneficia de sus agentes productores de intercambios dinámicos; un lugar heterogéneo, basado en la dialéctica entre lo público y privado; un lugar político, que es donde el ser humano intercambia en lo público sus diversas ideas.

Cada vez más vemos que estos espacios están siendo cercenados –no olvidemos el cerco puesto al Alejo Barrios-. En este sentido, debemos preguntarnos si el imaginario impuesto por la publicidad -Oceanía, ascensor, funiculares, troles, anfiteatro, arquitectura única, miseria folclorizada-, ¿nos pertenece?… En un mochileo al sur lo único que recordé de Valparaíso son sus calles hediondas a pichí.

En lo particular, desde que nací nunca me he transportado a mi hogar en un funicular, mínimo he realizado aquel acto cuatro veces. En este punto es necesario cuestionarse: ¿Cuánta población es la que vive en el plan, en comparación con los cerros –tomando en cuenta a Placilla y Curauma- y otras localidades periféricas de la zona patrimonial? Es más, cabe preguntarse cuánta población vive en el casco histórico, qué tipo de población vive ahí; cabe preguntarse si desde el 2003 la UNESCO nos ha entregado beneficios o sólo desdichas –en este caso sería entendible el aplaudir el acto patrimonial-.

Proyectos varios que nacen en los cerros dan bríos esperanzadores de que la ciudad pueda recuperar su dialéctica basada en lo público-privado, de que volvamos a hacernos partícipes de la construcción de la ciudad, puesto que ella no sólo se hace desde la centralidad o desde sus periferias, sino que es un diálogo constante entre los dos espacios.

Ahora bien, si se decide hacernos parte de un Valparaíso ajeno, lo único que nos queda es usurparlo para nosotros; el peligro del patrimonio es que nos congela en un espacio-tiempo, nos hace invisible para los otros, se valida la explotación turística a la chilean way. Sería pertinente, como lo estamos haciendo, rearticular la ciudad desde los cerros, lo que no significa dejar de lado el centro, sino que éste funcione como el Aleph que permita hacer emerger nuevamente a la ciudad.

Llorar por la mera pérdida estética es recaer en nada más que nostalgias, y en tiempos de cambio la nostalgia es inútil. Puesto que, como ya hemos señalado, la nostalgia no puede entregar la posibilidad de hacer ciudad, puesto que aquella estanca en una época y todo lo contrario: la ciudad es un proceso dinámico que se transforma en el tiempo. Con la nostalgia sólo se desata la emocionalidad, posibilitando la perenne intromisión del mercado, pues es éste el que transforma el deseo en necesidad y con infinitas necesidades sólo lograremos un mall en cada cerro.

Foto portada: Rens Veninga