Subjetividad sin política

Como dicen los teóricos de la sociedad contemporánea, el llamado capitalismo de consumo se caracteriza por producir formas de subjetividad cada vez más acordes con las demandas que este mismo sistema económico genera. En efecto, promueve sujetos que deben tomar en sus propias manos su destino, en todo tipo de opciones, sea en la acción de contratar un seguro de salud, acceder a un crédito para pagar una carrera universitaria, buscar un empleo, cuidar sus hábitos de alimentación o cultivar un determinado estilo de vida. En este contexto, los sujetos integrados deben asumir la responsabilidad de sus trayectorias sociales, educacionales y laborales exitosas; pero también los sujetos desintegrados deben asumir la culpabilidad de sus trayectorias fallidas.

Podemos ilustrar esta nueva forma de orden social con dos ejemplos. El primero se refiere a los discursos privatizadores sobre la educación que delegan en los Padres la tarea de elegir los mejores colegios para sus hijos entre distintos establecimientos que compiten por atraer a sus alumnos-clientes y que transforman a las comunidades escolares en las responsables de hacer competitivas a sus escuelas en una suerte de mercado de la oferta escolar. El segundo se refiere a los discursos privatizadores de la seguridad social que delegan en los propios sujetos la tarea de elegir una institución privada en la cual invertir sus ahorros previsionales, de modo de que si los sujetos “invierten” adecuadamente obtienen mayores dividendos como jubilación o pensión social, pero si lo hacen mal, tienen malos resultados y bajos niveles de protección cuando se jubilen.

En ambos ejemplos nos encontramos con las manifestaciones de una nueva forma de gobierno de la libertad, en la cual, “elegir”, “decidir”, “optar” o “invertir”, constituyen los momentos en los cuales la hegemonía capitalista se hace subjetividad. Hablamos de una forma de “gobierno” que introduce la pauta de la competencia y la elección individual en todos los rincones de la experiencia, tanto de los integrados (ganadores), los vulnerables (en riesgo) y los excluidos (perdedores), definiendo un tipo de sujeto que reproduce esta nueva forma de poder a nivel de su propia subjetividad.

La radicalidad de este proceso de gobierno de la libertad hace entendible por qué el rechazo mayoritario a la desigualdad que se ha producido en Chile a propósito del conflicto estudiantil no se ha transformado en un antagonismo político que cuestione sistemática y permanentemente las bases de este nuevo orden social. Podríamos decir que la gran adhesión ciudadana a las demandas del movimiento estudiantil es una expresión del malestar acumulado por años de frustración ante un modelo que no ha cumplido con las expectativas de integración social de la mayoría de la población, es más, podríamos incluso decir que es la expresión de una mayoría social que exige el término de los abusos del mercado, pero que en ningún caso demanda el fin del modelo de vida mercantil. Más allá de las consignas, la mayoría de la población no adhiere aún a un proyecto de transformación radical de la sociedad de mercado, y esto no podría ser de otro modo, porque los que somos los sujetos que constituimos esta forma de sociedad, formamos parte de aquello que se debería cambiar para iniciar semejante proyecto transformador.

Si las condiciones de reproducción del orden hegemónico se juegan en la subjetividad que le es propia y necesaria, resulta evidente que cualquier proyecto que se proponga poner en cuestión las bases de este nuevo orden social requiere generar posibilidades para la articulación de nuevas formas de subjetividad. Se trata de realizar las equivalencias necesarias para que el malestar de unos y otros se transforme en demandas que definan claramente al antagonista que limita o impide su satisfacción. Es decir, el malestar generalizado con la desigualdad que vivimos, sólo se puede transformar en una demanda propiamente política a partir de la fijación de un antagonismo con las estrategias de gobierno de la libertad que impone el nuevo capitalismo de consumo.

Por ello, en este tiempo en que muchos buscan las claves para reactivar un proyecto de cambio y emancipación, yo propongo trabajar en el terreno de esta subjetividad sin política. Sólo a partir de un proceso radical de desconstrucción de nuestra sociedad y de nosotros mismos, el malestar en el que vivimos se podrá articular en una identidad política potencialmente transformadora.