Víctor Gómez y la “coherencia” de la TV chilena

En la previa del homenaje a Augusto Pinochet en el Teatro Caupolicán, el periodista de Chilevisión -Víctor Gómez- se convirtió para algunos en una suerte de portavoz, al amplificar en pleno noticiario lo que pensaba una gran parte de opositores al evento. “Vamos a esperar que se disipe un poco el olor a azufre”, dijo Gómez antes de empezar su comentario, refiriéndose al entrevistado que acababa de abandonar el estudio, Juan González, organizador del encuentro en honor al ex dictador.

El video se viralizó por las redes sociales junto con los elogios a Gómez, pero hace unos días el boomerang se devolvió y el periodista fue amonestado, tratado públicamente sólo como un “reemplazo” y hasta ahora sacado de la pantalla por Chilevisión.

¿Hay que extrañarse con esta decisión de la estación? ¿Acaso no viene a confirmar una lamentable realidad con la cual los chilenos han aprendido a convivir y en la que radica –a mi gusto- el más brutal de los insultos?: En Chile, en nombre del manoseado “pluralismo”, en favor de una malentendida “libertad de expresión”, los medios de comunicación tradicionales no tienen ningún problema en hacer merecedores de su respeto tanto a una persona torturada como a su torturador.

Y así ocurrió aquel día, cuando Gómez –como muchos chilenos- consideró como legítimo pasarse por buena parte al invitado que con tanta dignidad trató su colega Matías del Río. Chilevisión no hizo más que ser “coherente” con aquel respeto que dicen asegurarle a todos, incluso a quienes ocultan debajo de la armadura del poder su peligrosidad.

Cristián Labbé en Tolerancia Cero de Chilevisión

Coherencia entre comillas, por supuesto, porque de ella no pueden gozar los supuestos “delincuentes” que aparecen contra su voluntad en los majaderos reportajes en las poblaciones, ni los comerciantes ambulantes, ni los mecheros, ni las prostitutas, ni los vendedores de cds piratas, ni los okupa, ni los comuneros mapuche que defienden sus tierras, ni cualquier persona que –bajo su mirada- vaya contra el orden establecido. Ellos no tienen voz, menos un lugar en el plató central del noticiario. Ellos no son merecedores del respeto que exige el “pluralismo”.

Y es que, como ocurrió cuando Hugo Chávez inmortalizó aquella frase del “huele a azufre” luego de la alocución de George W. Bush, en Chile los altos ejecutivos que se coluden para engañar a la gente, los dueños de las universidades que delinquen al lucrar con estas instituciones, los sacerdotes acusados de abuso sexual, los superiores de los carabineros que han asesinado a mapuche y, por supuesto, los violadores de los derechos humanos durante la dictadura, no sólo cuentan con las horas prime para defender sus abusos y crímenes, sino que también están blindados frente a cualquier respuesta que surja espontáneamente y los afecte.

Víctor Gómez no debió haber pronunciado la famosa frase porque Juan González nunca debió haber estado invitado al noticiario; este no debió haber asistido a Chilevisión porque el homenaje a Pinochet nunca debió haberse realizado; este no debió haberse hecho no porque la Intendencia no lo permitiera, sino porque en la sociedad chilena el glorificar a un genocida ni siquiera debiera ser una opción respetable (en Alemania las apologías a las ideas nazis están lisa y llanamente prohibidas).

He ahí –y no en los dichos de Gómez- donde radica el principal insulto que se emite en vivo y en directo. Es en la legitimidad que se le da a un ex militar como Cristián Labbé, cuando se le invita a Tolerancia Cero y ni siquiera se le consulta por las acusaciones de tortura, donde nace la falta de respeto; es en las palabras de Rodrigo Hinzpeter –quien tras haber encarcelado durante 8 meses a personas inocentes continúa en su cargo- donde se junta la saliva para el más verde de los escupos; es en los valiosos minutos de la pantalla chica dedicados a los argumentos que justifican un homenaje al responsable de la muerte de casi 3 mil personas –y no en las palabras de Gómez ni en su censura- donde la libertad de expresión se tapa la cara de vergüenza.