La vergüenza ajena que sentí en el Congreso

El miércoles, a eso de las 12 y media del día, una comitiva encabezada por el general de Carabineros, Gustavo González Jure, ingresó a las tribunas de la sala de sesiones de la Cámara de Diputados, para presenciar un homenaje que se realizaría a su institución. Un homenaje que, entiendo, estaría dentro de lo habitual, sino fuera por una simple razón: En ese momento, en ese lugar, se votaba algo trascendental para el futuro de uno de nuestros más importantes recursos naturales, la Ley de Pesca.

Fue entonces cuando, tras hora y media de poco o nada amor propio, decidí abandonar la sala y no precisamente por la presencia de los uniformados, sino porque aquella nueva interrupción a la tramitación de la llamada “Ley Longueira” había terminado por escribir en mi cabeza las únicas palabras que en ese momento pude visualizar: Vergüenza ajena.

Y es que, para ser precisos, en el momento del ingreso de los carabineros la votación de la ley se encontraba interrumpida hacía ya unos 15 minutos, tras la pausa –en teoría de 5 minutos- que debió dar el presidente de la Cámara, Nicolás Monckeberg. ¿La razón? Un grupo de honorables de la Concertación simplemente no tenía claro cómo votar la ley.

Y claro, antes ya me había preguntado si entendería María Antonieta Saa de lo que se estaba hablando si había entrado a la sala atrasada, tranquilamente, cuando la votación –que jamás empezó a las 11 de la mañana como estaba fijada- ya había comenzado. Pensé en la taza de leche que mi mamá se toma apurada algunas mañanas, pues sabe que llegar tarde a su trabajo en el hospital, además de significarle un perjuicio en el cumplimiento de sus horas, implica jugar con quienes dependen de ella. ¿Acaso, con sus años de experiencia, no sabe esta diputada que lo que está en juego no son los bonos o rifas que luego la observé repartir entre sus colegas, sino el futuro de miles de familias que viven de la pesca artesanal?, me pregunté.

¿Dónde está lo gracioso en todo esto? ¿Por qué se sonríen algunos diputados con los insultos que caen desde las graderías, como si fueran ternos y corbatas que les arrojan a su medida? ¿Acaso creyó Pablo Lorenzini que sacar una caña de pescar era suficiente para atraer los votos necesarios para evitar regalar el mar a unas cuantas familias ricas? ¿O será que se conforma con las cámaras de TV y los flashes de los gráficos?…

¿En dónde está la cabeza de Marcela Sabat en medio de la votación si sus ojos no se despegan de la pantalla de su computador y sus dedos no paran de teclear? ¿Por qué el asiento de Aldo Cornejo, diputado por Valparaíso, una de las ciudades en las que más impacto tendrá la Ley de Pesca, se encuentra vacío, si ya ha comenzado la votación?, me cuestioné.

Lo que presencié este miércoles fue un circo y si bien creo que a los niños no se les debe llevar a esos lugares -pues eso implica legitimar el maltrato- creo que no hay otro mejor lugar donde comenzar a alejarse de él y entender que favorecer a alguien con cuatro años en esa privilegiada burbuja ajena a la realidad, de ningún modo es una forma efectiva –ni tampoco la única- de ejercer la democracia.

¿En qué pensó el diputado Roberto Delmastro cuando decidió llevar a su familia a las tribunas para que se deleitaran con la sesión? ¿Fueron los insultos de los pescadores artesanales hacia los “amigos” de su viejo y esposo lo que les causo más pudor o habrá sido la sorpresa de descubrir el lamentable espectáculo en que se traduce el trabajo de papá? ¿O los habrá ruborizado en realidad el grosero y majadero jotéo hacia Andrea Molina, quien debía quitarles sus muñecas a las apretadas y sudorosas manos de algunos honorables que se negaban a soltarla e iban sumando babas en sus mejillas como si no la hubiesen visto en años?…

El día antes, afuera del Congreso. Foto Rens Veninga

Estoy imposibilitado de creer que quienes aquel día votaron la Ley de Pesca en la Cámara de Diputados sabían a ciencia cierta lo que ello implicaba. Aunque, pensándolo bien, tampoco era necesario, pues para eso estaba el ministro de Economía, Pablo Longueira, quien con gestos con su dedo pulgar dirigió aquella votación que, entre sus consecuencias más graves, significó el rechazo del artículo que establecía que el Estado tiene el dominio absoluto, inalienable e imprescriptible de los recursos hidrobiológicos existentes en Chile.

¿Que esto se vive todos los días en el Congreso?… Bien. ¿Que así funciona?… Ok, pero al menos yo me niego a naturalizar y asumir como normal lo abusivo e indignante; no estoy dispuesto a abandonar la capacidad de asombro y molestia, pues lo contrario sería la complicidad. Por eso precisamente escribo esto y verbalizo aquello que creo debe dejar de ser algo normal, casi una perogrullada: La vergüenza ajena que sentí en el Congreso.

2 commentarios
  1. 304 días ago
    florin

    hasta cuando los que se dicen representantes de la ciudadania, hacen shows sin asunto y con mucho protagonismo mediatico, descaradamente siguen aprobando leyes truchas, favoreciendo tan solo al diez por ciento mas rico de la poblacion, exigiendo que este nuevo gobierno (del que tampoco soy partidario) solucione todo lo que ellos mismos fueron incapaces de efctuar.
    preocupense de reencantar a los votantes que ya estamos hartos de su frescura y cara de raja, portandose algo mas serios. como me gustaria que la ciudadania los castigue en las proximas elecciones

  2. 303 días ago
    rensi

    el espectáculo es dramático, pensar que los mismos sujetos , mediante artilugios se las ingeniaron para rechazar el informe sobre el lucro, dejando a los estudiantes màs que perplejos y, por hoy màs que nunca con todo el derecho a tomar acciones por su cuenta, aunque el gobierno los criminalice. Si los que cometen el crimen son ellos, robàndoles el dinero a la comunidad, aumentándose sus salarios, el cual ni siquiera pueden justificar con un excelente desempeños en sus funciones; por el contrario su actuar es absolutamente reprobable.