Cristóbal Vicente, realizador de Arcana: “El sistema necesita que los prejuicios se mantengan”

Insomnia Alternativa de Cine inauguró el nuevo ciclo de exhibición de filmes nacionales, Piezas Disidentes, con la proyección de ARCANA (2006) del realizador Cristóbal Vicente: filme que curiosamente se ha exhibido en alrededor de treinta países y varios festivales desde su estreno, pero solo 6 veces en la ciudad de Valparaíso, donde se realizó.

La obra, considerada como un documental de experimentación, recoge escenas de la vida al interior de la antigua Cárcel de Valparaíso (hoy centro cultural) en su último año de funcionamiento.

Tras la proyección, Cristóbal compartió con el público y los panelistas de Insomnia sus vivencias y reflexiones de su trabajo, que no se agotaron en el filme, sino que derivó en la realización de un libro y la impartición de talleres audiovisuales para los reclusos en la nueva cárcel.

La idea de realizar este documental tiene que ver con el hecho de la presencia de la cárcel en el interior de la ciudad y lo que proyectaba hacia sus vecinos, con sus sonidos, ritmos, y muros cerrados que ocultaban algo poderoso: toda una vida que existía adentro y que era desconocida para quienes no habían jamás atravesado el grueso umbral.

Cristóbal expresó que “como vecino del Cerro San Juan de Dios, estaba vinculado a la Cárcel, a su imagen, sus bullicios, pero cuyo funcionamiento interior era un mundo oculto. Al saber de su cierre, abril de 1998, nació en mí la necesidad interior de registrar eso, alguien tenía que hacer ese trabajo. Era un modo de vida que tenía 150 años y que contenía a 1200 habitantes: Era un pueblo dentro de la ciudad y tenía por ello, una significación histórica”.

Para lograr ingresar al “interior” del mundo canero, Cristóbal tuvo que llegar a cabo dos emprendimientos: acercarse a los jefes de los clubes deportivos del recinto y organizar un evento trascendental, el concierto de Los Jaivas en el Polvorín. Sobre lo primero “hice un trazado sobre cartulina acerca del proyecto, asumiendo el compromiso de no proyectarlo por cine comercial ni televisión abierta: hay muchos reclusos cuyas familias no saben dónde se encuentran”. Y sobre lo segundo, expresó: “tenía que organizar una actividad en este lugar, marginal, disidente, pero tremendamente significativo y eso era importante celebrarlo. Organicé un concierto adentro con Los Jaivas. Desde ahí, pude filmar, fui acogido por la comunidad y recibí muchísimo material que se fue acopiando”.

Una vez en el interior y siendo recibido por una buena parte de los prisioneros, Cristóbal pudo comprender las orgánicas en el interior: “Los gendarmes estaban par custodiar el contorno, para que los presos no se escapasen; por dentro era la autogestión; uno ingresaba a las 9 y a la 5 ya tenía que haberse hallado un lugar para dormir, por ejemplo”, explica. “Hay un fenómeno que pasa con uno: de alguna manera se acostumbra a condiciones. La primera vez que entré a la galería, en invierno, el olor a la humedad fue como una ‘patada´, después me acostumbré y fue pasando desapercibido. Así mismo me fui acostumbrando a las ideas preconcebidas, que se fueron difuminando. El sistema necesita que los prejuicios se mantengan para sostenerse a sí mismo”.

Los presos fueron trasladados a fines de 1998, situación que, dada la envergadura del operativo, no pudo ser filmada. Con el cambio de recinto, hubo un cambio de sistema, las “libertades” de autogestión fueron restringidas, generándose conflictos y muchas presiones que, según lo que ha podido observar el autor, quien aún visita y mantiene vínculos con algunos de ellos, es que estos “seres humanos se han visto sometidos bajo una presión tal, cuyas salidas han sido la homosexualidad, la drogadicción, la locura y la violencia”.

Cuando presentó su filme en el nuevo recinto penitenciario, las generaciones antiguas que se reconocieron en él sintieron que el documental “les daba un sentido a sus vidas: el ser delincuente pasaba a ser algo reconocido, rescatado y dignificado al hacerlo formar parte de la historia”.